sábado, 11 de agosto de 2012

Impecable, intachable y sin error

Por Richard L. Mayhue

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como  obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” 2 Timoteo 2:15

La Nueva Versión Internacional lo traduce de esta manera:

“Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse y que interpreta debidamente la palabra de verdad”

            Ahora bien, si nos tomamos la molestia de leer toda la epístola, descubriremos que cuando Pablo le entregó el bastón ministerial a Timoteo, lo que le importaba ante todo era la Palabra de Dios. En otro lugar le había dicho: “Reten la forma de las sanas palabras que de mí oíste…” (2 Ti. 1:13) Pablo escribió: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Ti.2:2). Y en el versículo 14 del mismo capítulo, viene a decir: “No tropieces en palabras y acabes en un callejón doctrinal sin salida”. Para advertir luego en los versículos 16 y 18: “No te desvíes doctrinalmente y trastornes la fe de algunos”.



            Segunda de Timoteo 3:15 expresa que la Palabra de Dios es la fuente del conocimiento de nuestra salvación, y en los versículos 16 y 17 Pablo explica cómo este conocimiento conduce al crecimiento en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo, así como a ser perfeccionados por la Palabra de Dios. Luego, en el capítulo 4, versículo 2, tenemos esa magnífica exhortación a “predicar la palabra”.

            Todas estas exhortaciones dan por sentado y se basan en un versículo en particular, 2 Timoteo 2:15, donde Pablo está diciendo específicamente a Timoteo que para ministrar con eficacia uno debe interpretar correctamente la Palabra de Dios. El apóstol expresa: “Para comprender lo que Dios quiere indicar con lo que dice, debes dividir correctamente su Palabra”.

Las Escrituras son Impecables

Por ese motivo, quienquiera que las interprete tiene una gran Responsabilidad.
Esa responsabilidad será probada algún día, cuando se nos pedirán cuentas delante del Dios Todopoderoso de lo que hicimos con su Palabra mientras estábamos en la tierra. Impecabilidad, Responsabilidad y Rendición de Cuentas.

Impecabilidad

La impecabilidad de Las Escrituras aparece en las últimas cuatro palabras de los textos tanto en castellano como griego: “La palabra de verdad”. Con ellas Pablo da por sentada la inerrancia de la Palabra de Dios y esboza las responsabilidades prácticas de Timoteo en lo que respecta a las Escrituras a  luz de esa doctrina.
            El apóstol afirma que la Escritura es la comunicación escrita de Dios y que, por eso, guarda coherencia con el elemento de verdad del carácter divino. Toda la doctrina de la inerrancia se basa en el carácter de Dios: si Él es veraz (y lo es), lo mismo sucede con su Palabra, y ésta no contiene error. Pablo supone tal cosa y edifica sobre ella.    
            Aquellos a quienes les gusta pensar se estarán probablemente preguntando: “¿De qué forma equiparemos la palabra de verdad con la Palabra de Dios?”

El Salmo 31:5 expresa: “Oh Jehová, Dios de verdad”

y Juan 17:17 dice: “Tu palabra es verdad”.

A mí me encanta el Salmo 119:160: “La suma de tu palabra es verdad”

            Así que Pablo recuerda a Timoteo que su mensaje deber ser el mensaje de Dios, la Palabra de verdad. Lo que viene a decir el apóstol es: “Timoteo, ten cuidado de no enredarlo mientras lo manejas”. ¿Quién cambiará a Rembrandt o Miguel Ángel?  Y si no lo hacemos con los que son menos importantes, ¿cambiaremos la más valiosa Palabra de Dios? No necesitamos modificar la Escritura para armonizarla con la verdad, sino que más bien hemos de comprender que es ella quien ha de cambiarnos a nosotros y nuestra forma de vida a fin de conformarnos a la Palabra de Dios.

            En cierta ocasión Charles H. Spurgeon escribió que el mayor cumplido que le habían hecho jamás, había procedido de uno de sus adversarios más enconados. Esto fue lo que dijo su enemigo: “He aquí un hombre que no ha avanzado ni una pulgada en su ministerio. A finales del siglo XIX está enseñando la teología del primer siglo y proclamando la doctrina popular en Nazaret y Jerusalén por aquel entonces.” ¡Ojalá todos nuestros críticos fueran tan elogiosos y afirmasen que no hemos cambiado la Palabra de Dios o la teología que nos fue dada en las Escrituras!
            En realidad Pablo le estaba diciendo a Timoteo, el cual había de sucederle: “Timoteo, la palabra que vas a manejar es impecable. De igual manera que la Palabra viva de Dios era inmaculada y sin pecado, su Palabra escrita es impecable y no tiene error.”

Responsabilidad

            Pablo empezó por la impecabilidad, y seguidamente le dijo a Timoteo que dicha impecabilidad conducía a una responsabilidad por parte de aquel que interpreta y comunica la Palabra de Dios. Yo sugeriría que la función del intérprete y comunicador es la de entregar el mensaje divino tal como fue dado en un principio, sin desviaciones, ya se trate de un profesor de seminario, pastor, maestro de escuela dominical o padre con su familia. Eso es lo que Pablo intentaba explicar a su discípulo: “Timoteo-le estaba diciendo-, lo que manejas es la Palabra de Dios, no la tuya. Por tanto sé un mensajero, no el iniciador del mensaje; un sembrador, no la fuente; un heraldo, no la autoridad, un mayordomo, no el propietario; un guía, no el autor; un camarero que sirve comida espiritual, no el chef. Como te fue entregada directamente de la cocina, pon dicha comida en la mesa para que la gente pueda comerla. No necesitas añadirle nada, ni disponerla de ninguna otra forma, ni quitarle cosa alguna.”

Fidelidad.

Pablo le enseño a Timoteo tres formas de medir lo bien que estaba desempeñando sus responsabilidades, y la primera prueba fue aquella de la fidelidad. “Tienes que ser un obrero”, le dijo. Cada vez que acudiera a la Palabra de Dios, Timoteo debería preguntarse: “¿Soy realmente obrero? ¿Me encuentro en mi puesto? ¿Estoy haciendo lo que Dios quiere que haga y no las mil cosas diferentes que podría hacer, me resultarían gratificantes o serían agradables para mí, descuidando las prioridades más altas que el Señor me ha puesto? ¿Estoy siendo fiel a la Palabra que Dios ha señalado? ¿Me estoy afanando en ella con energía?” Esa es la idea que hay detrás del término griego traducido por “obrero”.

            Estos pensamientos han tenido un profundo impacto en mi vida. Jamás volveré a acudir a la Palabra de Dios como antes. Nunca predicaré y enseñare de la forma en que solía hacerlo.  El carácter imponente y el incalculable valor de la Palabra de Dios arde en lo profundo de mi corazón. ¡Qué increíble responsabilidad es la de trasmitirla a través de una mente y una boca humanas sin enredar el mensaje!
            "Timoteo – le decía Pablo - , tu primera responsabilidad consiste en ser fiel al trabajo.”
Juan Wesley oraba para que Dios le hiciera un homo unius libri, “hombre de un solo libro”. ¿Verdad que es una magnífica oración?

“Señor, hazme un hombre de una solo Libro, fiel en la tarea de interpretarlo.”

Entrega

La responsabilidad consta de un segundo elemento. No sólo debía Timoteo ser fiel en el trabajo que Dios le asignaba, sino también entregado al mismo. La primera palabra en el texto griego es el verbo spoudazo, que significa ser inteligente y apresurarse en la faena, y nos habla del nivel de entrega que Timoteo debía tener a la Palabra de Dios.
            La versión Reina-Valera dice: “Procura con diligencia…”. A mí me gusta la traducción de la Nueva Versión Internacional que dice: “Esfuérzate…”, lo cual significa actuar, funcionar y comprometerse con el más alto nivel de entrega y excelencia porque la Palabra de verdad no requiere menos que todo cuanto podamos hacer. A los ojos de Dios ninguna otra cosa es aceptable.

            Hoy en día nuestra entrega a las Escrituras sufre por lo menos cuatro ataques fundamentales. El primero es la alta crítica, que cuestiona todo lo que hay en la Biblia: la Palabra de Dios se somete a la mente del hombre en vez de hacerse al contrario.
            Luego está el ataque sectario, o de los hombres que quitan de las Escrituras o añaden a éstas. Seguidamente, el ataque cultural: se interpreta las Escrituras mediante la compresión de alguna disciplina académica moderna, como la ciencia, la psicología o la historia.
            Sin embargo, creo que el cuarto ataque a las Escrituras es con mucho peor que estos tres. Se trata del ataque hipócrita, que consiste en que uno cree, predica y lucha por la inerrancia y luego trata la Palabra de Dios de un modo vulgarmente ostentoso, negligente, impropio y parcial.

            Dios está buscando la clase de persona de la que habla Isaías 66:2:

“Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra”.

Alguien que se acerca a la Palabra de Dios sabiendo que en realidad está delante de Dios mismo, y tiembla ante ella puesto que le juzga. Dios está buscando un hombre como Esdras, el cual dijo que su objetivo era estudiar la ley, practicarla y enseñarla (Esd. 7:10).
            Permítame añadir una nota práctica a todo esto. Hay dos clases de entregas necesarias para que podamos hacer todo lo que Dios quiere. Una de ellas es la entrega al estudio. Pero más allá de la misma, aquello de ustedes que tal vez no hayan sido llamados al ministerio a pleno tiempo en el cuerpo ministerial de una iglesia, tienen el compromiso aun mayor, como parte del rebaño que es apacentado por el pastor, de permitirle a éste que estudie, de animarle a que lo haga, y en algunos casos incluso de insistirle para que interprete correctamente la Palabra de Dios y no los alimente con “comida basura” (o lo que es aún peor, los envenene con lo que enseña y predica).
            Pablo dijo que Timoteo debía ser fiel. En segundo lugar, entregado, o sea que tenía que actuar con su más alto grado de excelencia.

Pericia

En tercer lugar, Timoteo debía ser hábil realizando su trabajo, cada vez a un nivel más alto a medida que iba creciendo en el manejo de la Palabra de Dios. Al principio eso puede resultar difícil de comprender - la fidelidad y la entrega parecen suficientes -, sin embargo quisiera sugerirle que se necesita un paso más, y es aplicar al texto la disciplina experimentada de la interpretación, a fin de hacer lo que dice Pablo: usarlo bien. No debe producirse ninguna desviación ni falsificación. Se nos advierte enérgicamente contra la perversión, la mutilación, la distorsión, la adición o la eliminación de partes de la Palabra de Dios.

La expresión castellana “usar bien” es en realidad una sola palabra en griego – orthotomeó - , la cual utiliza la literatura helena para referirse a un guía que “abre una senda recta”, un sacerdote que debe cortar el animal siguiendo exactamente las instrucciones dadas por Dios, un granjero que hace un surco derecho, un constructor que corta las piedras de modo exacto para colocarlas en una disposición decorativa y agradable en el edificio. También se utiliza para hablar de un sastre o un fabricante de tiendas que corta el paño, o de un marido que secciona bien el pan dando de comer a su familia.
Pero en este caso, es un pastor quien tiene que cortar con exactitud la Palabra de Dios y transmitirla tal y como el Señor la dio. Lo que Pablo le está pidiendo ahora a Timoteo es una destreza impecable. La oración de cualquiera que acomete la tarea de enseñar la Palabra de Dios, debería ser: “Señor, ayúdame a comprenderla bien”.

            Deseo mantener nuestros pensamientos en la misma línea que Pablo quería para Timoteo. El consejo del apóstol era realmente un recordatorio y una advertencia a su discípulo. Espero que a ninguno de nosotros el ser cristiano desde hace tanto tiempo nos haya hecho complacientes u orgullosos hasta el punto de no darnos cuenta que necesitamos que se nos recuerden las cosas. El Nuevo Testamento está lleno de avisos. Cada día necesitamos que se nos amoneste a fin de que no nos escabullamos de ese filo de la excelencia.

Rendición de cuentas
     
            Resulta imperativo que recordemos que un día todos nosotros, los que hemos usado alguna vez la Palabra de Dios, tendremos que rendir cuentas de cómo la hayamos interpretado, enseñado y los mensajes que hayamos preparado con ella. Este texto indica que habrá una prueba – la palabra griega es dokimazo, que significa comprobar con el deseo de dar el beneplácito – y también que nos presentaremos delante de Dios, no de los líderes de la iglesia. Ni de los gobiernos, ni de ciertos profesores de seminario.
            Pablo lo expresa mejor en 1 Corintios 4:4, donde respondiendo al desafío de aquella iglesia, dice: “El que me juzga es el Señor.”
            Me gusta la paráfrasis que hace J.B. Phillips de 2 Timoteo 2:15: “Concéntrate en conseguir la aprobación del Señor”. No simplemente en preparar una lección ni un sermón, no en lograr que la gente diga “Amén”, ni que lo tuyos te hagan llegar notas que digan “Pastor, ha sido magnífico”, sino “concéntrate en conseguir la aprobación del Señor”.

            Si realmente tomásemos a pecho este versículo, junto con Santiago 3:1, menos de nosotros querríamos ser maestros. Santiago lo expresa de esta forma:

“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”.

Habrá que rendir cuentas. La idea es la siguiente: Siempre que enseñe o predique, debería usted albergar un pensamiento principal: El auditorio final es Dios. Al preparar, escribir y reflexionar, nuestras almas tendrían que sentirse instadas por la premura de la excelencia, ya que es Dios quien en última instancia juzgará nuestro mensaje.
            Seremos probados. Compareceremos delante de Dios, y no sólo habrá prueba, sino que la Biblia indica que posiblemente haya también “trauma”. ¿Por qué? Porque estaremos delante de Dios y lo único de lo que se tratará es de si somos “avergonzados” o “aprobados” por El. La conclusión lógica para aquellos que hayan sido infieles (que no hayan perseverado en la tarea), no hayan tenido entrega (no hayan hecho todo lo que podían) y hayan estado actuando sin pericia (realizando un trabajo chapucero) es la vergüenza delante de Dios, algo traumático.
            ¿Verdad que sería horrible encontrase un día en ignominia delante de Dios por no haber usado correctamente su Palabra?
            Sin embargo, Pablo dice que si la interpretamos bien, no la enredamos y la dividimos debidamente, tendremos la aprobación divina. Los obreros aprobados no pasan vergüenza. Si trasmitimos fielmente la verdad como Dios nos la ha dado a nosotros en su Palabra, escucharemos lo que todos nosotros queremos oír: “Bien, buen siervo y fiel”.

            Esto dice el mensaje de 2 Timoteo 2:15. Habla de una palabra que es impecable, intachable, sin error, y que exige una interpretación responsable por la que tendremos que rendir cuentas un día ante Dios.    




Del libro: “Como Interpretar la Biblia uno mismo” por Richard L. Mayhue. págs 16-19- Citado por www.facebook.com/groups/indubiblia/


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